Todos los entes involucrados en la educación adventista –docentes, administradores, líderes de iglesia, pastores, padres, exalumnos y feligreses– han notado con creciente preocupación la disminución gradual de matriculaciones en las escuelas primarias y secundarias adventistas de la División Norteamericana en las últimas décadas. En 2014, el nivel más elevado de administración dentro de la División Norteamericana encomendó a un grupo selecto –el Grupo de Asignaciones de Educación de la División Norteamericana (NADET)– la tarea de reevaluar el estado del sistema educacional primario y secundario en el territorio y de efectuar recomendaciones que pudieran fortalecer y mejorar las instituciones. Los miembros de la NADET dedicaron cientos de horas a videoconferencias y grupos de análisis para examinar y buscar soluciones que puedan dentro de lo posible resolver los huecos del proverbial “barco por naufragar”. Tiene que haber una causa, una razón para una baja matriculación, razonaron, y parecía no haber mejor lugar para señalar eso que en las cosas que supuestamente les faltaba a las instituciones… calidad, o innovación, o algo así.

Esas inquietudes también se han reproducido a nivel local. Como exdocente y directora del sistema educativo adventista, he participado de muchas sesiones de juntas en la que mi institución, el personal, o mi plan de estudios, estuvieron bajo intenso escrutinio, y nuestra eficacia fue puesta en tela de juicio. Padres y miembros de iglesia preocupados, siempre estuvieron listos para hacer referencia a otras escuelas privadas de la zona, animándonos a imitar su estilo o tipo de educación con el propósito de atraer más estudiantes a nuestro campus. Recuerdo a un padre entusiasta en particular que, sentado en mi oficina, pasó a detallar su plan de iniciar un programa de teatro cristiano en nuestra institución, y las multitudes de nuevas familias que supuestamente se agolparían por asistir a la institución como resultado de ello.

Estas sugerencias bien intencionadas no necesariamente estaban mal. Como sucede con cualquier sistema o institución, siempre habrá fallas o áreas en las cuales mejorar. Sin embargo, comencé a preguntarme si se estaba asignando la culpa a un lugar equivocado. ¿Y si la calidad de nuestras instituciones en realidad no ha cambiado? ¿No será que lo que ha cambiado son las características del miembro de iglesia? ¿No será que, en realidad, lo que sucede es que la educación adventista ya no es simplemente una prioridad dentro de nuestra cultura denominacional?

En esa misma oficina como directora en la que solía trabajar, a menudo también recibía las historias de los interesados, que me contaban sobre sus padres y abuelos que habían tenido tres empleos simultáneos con tal de garantizar que sus hijos recibieran una educación adventista. Escuché historia tras historia de los esfuerzos heroicos de estos devotos miembros para mantener a sus hijos en una escuela adventista, que incluía  trasladar a la familia para estar físicamente más cerca de una escuela de iglesia o, en algunos casos, construir literalmente una nueva escuela, ladrillo a ladrillo, en la propiedad de la iglesia local con sus propios fondos personales.

Basado en numerosas anécdotas similares a estas, puede conjeturarse que hace una generación, ser un miembro sólido y comprometido de la Iglesia Adventista en Norteamérica significaba que siempre había que enviar a los hijos a una institución educativa adventista a pesar de las circunstancias, necesidades educativas, o aun con el anhelo de hacerlo. La identidad eclesiástica de los padres aparentemente solía extenderse a la elección de institución educativa para sus hijos. Esto parece mostrar un marcado contraste con la realidad actual de Norteamérica.

¿Es este indicador diferente ahora? ¿Qué tal si la medida de un miembro sólido y comprometido de la Iglesia Adventista ya no incluye matricular a los hijos en una escuela de la denominación? ¿Qué tal si tanto los miembros como los líderes de la iglesia actual sienten que aún pueden involucrarse y participar en la comunidad de fe aun cuando sus hijos no asistan a una institución educativa adventista? Al ver el problema bajo esta perspectiva y en yuxtaposición con los resultados de este estudio,1 la matriculación general de las instituciones educativas adventistas de primaria y secundaria en la División Norteamericana parece no reflejar la calidad de las ofertas académica, sino más bien el paradigma de identidad y compromiso denominacional de los miembros de iglesia.

¿Y cuál es exactamente ese paradigma de identidad y compromiso denominacional? ¿Cómo se discute, y más aún cuantifica, ese sentimiento o comprensión que proviene de ser miembro de una comunidad determinada? Hay una brecha significativa, creo yo, entre la doctrina y la cultura. Las doctrinas de una iglesia sirven como su columna vertebral, su luz guiadora, y por lo general son tenidas en alta estima. La Iglesia Adventista del Séptimo Día ha definido con claridad 28 Doctrinas Fundamentales que, cree, son centrales para la verdad presente que busca, lo que puede ser categorizado en seis temas diferentes: Dios, la humanidad, la salvación, la iglesia, la vida cristiana, y los eventos de los últimos días (véase http://www.adventist.org).2 Estas doctrinas establecen un fundamento para la cosmovisión del miembro, clarifican una teología de fe, y responden a preguntas fundamentales tales como “¿Quién es Dios?” y “¿Adónde voy cuando muero?”

Esto, sin embargo, no es lo que parece encontrarse en el centro de las conversaciones sobre la elección de una institución educativa. En la División Norteamericana, al menos, tomar la decisión de matricular a un hijo en una escuela adventista no parece basarse en creencias sobre la existencia de Dios o en la naturaleza de la humanidad. Por el contrario, comencé a preguntarme si la elección de una escuela podría en cambio ser un reflejo de la cultura ― y, más específicamente, de la cultura adventista.3

La cultura adventista

¿Pero cuál es la cultura adventista? Los individuos que han sido parte de la Iglesia Adventista por un número de años, que “nacieron y crecieron en la iglesia” y que han estado inmersos en esta comunidad de creyentes, a veces parecen ser parte de un círculo interno, que aquellos que están afuera de él lo encuentran sobrecogedor o abrumador. Dejan escapar casualmente la jerga adventista –términos que para el público en general requieren de definición y explicación– y abrazan un estilo de vida y hábitos que no están identificados en ningún manual de iglesia. He aquí el ejemplo de un párrafo descriptivo:

Durante mis años en el colegio con internado, teníamos que quedarnos con la ropa de sábado hasta el almuerzo. En la tarde, íbamos a recolectar, o a otra reunión, y entonces regresábamos al dormitorio para la reunión de Conquistadores. Después del culto para despedir el sábado, teníamos juegos de mesa, y siempre cenábamos con la típica comida del sábado de noche.

Si los no adventistas leen esto, ¿cuántas palabras o frases los harían fruncir el ceño y pedir una aclaración? ¿Es la ropa de sábado un tipo de uniforme? Conquistadores… eso no es un modelo de automóvil, ¿no? ¿Cuál es la comida del sábado de noche? Y sin embargo, la mayoría de los miembros de la Iglesia Adventista, al menos en la División Norteamericana, no solo entenderían lo que se dice sino que también sonreirían al recordar ellos también algunas de las actividades mencionadas.

Al pensar en este concepto de la cultura adventista, comencé a hablar con amigos, familiares y colegas. Les pregunté por su propio contexto cultural: comparamos notas y nos reímos de las similitudes. Las referencias abarcaban sustitutos de la carne, experiencias durante campamentos de verano, y actividades de los sábados por la tarde. En esos diálogos informales, parece existir un consenso general que estas normas culturales, muchas de las cuales estaban relacionadas con el estilo de vida y por ende regionales, eran tanto (1) compartidas comúnmente y, (2) difíciles de explicar a alguien ajeno a la Iglesia Adventista. Parecía existir un código, una comprensión que velaba esos intercambios que hablaban de una conexión difícil de explicar, pero fácil de identificar.

Esto era precisamente lo que yo sugería podría ser un factor que los padres tomarían en cuenta en la elección de la escuela para sus hijos. En mi experiencia como directora de una escuela primaria adventista, había algo más que la doctrina en juego en estas decisiones. Y por ello, hipotetizaba, si había una manera de poner de relieve esta idea de la cultura y asignarle un lugar formal, entonces quizá se podría brindar una perspectiva diferente sobre las tendencias actuales de la educación adventista en Norteamérica.

Análisis de consenso cultural

El primero y más obvio de los problemas con cualquier intento de emplear la cultura adventista como variable en un estudio de investigación es que las alusiones a ella son puramente de naturaleza anecdótica. Historias compartidas, anécdotas, asentimientos: todos ciertamente indicadores, pero no necesariamente evidencia empírica de esta así llamada cultura.

En 1986, Romney, Weller y Batchelder presentaron el Acuerdo de Análisis Cultural (AAC) al usar la teoría de la cultura como un constructo agregado.4 El AAC replanteó la premisa básica de que los individuos se comportan de ciertas maneras específicas, basados en su comprensión de normas conductuales y sociales compartidas dentro de una cierta cultura específica. Por ejemplo, los estadounidenses se comportan distinto en los juegos de béisbol que en las sesiones de junta porque anticipan y esperan protocolos sociales y conductuales diferentes en distintos ámbitos. La cultura influye sobre la conducta, y ambas están arraigadas en una comprensión compartida de ese ambiente en particular.

Al asumir una base fija de conocimiento o información sobre una experiencia propuesta, el AAC identifica primero un acuerdo dentro de esta experiencia por parte de los participantes claves. Los investigadores piden a una muestra de la población hacer una lista y clasificación de elementos que se destacan en una cultura específica. El acuerdo entre los que responden sirve para validar el dominio cultural y entonces construir un modelo cultural. Por ejemplo, un estudio pidió a los brasileños que definan un estilo de vida exitoso.5 Las respuestas de la muestra produjeron una lista de 25 elementos que fueron identificados por el diez por ciento de la muestra. Se les pidió entonces a los encuestados que estableciera una clasificación entre los elementos, lo que produjo otra lista con la clasificación promedio asignada.

Al comparar las respuestas de los individuos, los investigadores lograron identificar qué encuestados mostraron mayores correlaciones o, dicho de otro modo, estuvieron más de acuerdo entre sí. En el AAC, esos encuestados son considerados  “culturalmente competentes”; es decir, su conocimiento del dominio cultural es mayor y más correcto que los demás. Este es un aspecto importante del AAC, dado que cálculos subsiguientes darán mayor peso a los encuestados que a otros que no son tan “culturalmente competentes”. En el ejemplo de más arriba, hubo un claro consenso cultural dentro del dominio de lo que consideraban los encuestados era un estilo de vida brasileño exitoso, según lo evidenciaba un alto índice del primero al segundo valor propio.6 A partir de esto, los investigadores lograron derivar una “clave” cultural, o valor promedio, por ejemplo, tener un reproductor de DVD o un refrigerador, según lo identificaron los encuestados. Esta clave es fundamental, dado que prepara el camino para un análisis adicional del dominio cultural y de las personas que habitan ese entorno.

La belleza del AAC reside en el hecho de que brinda una manera válida y tangible de conectar una cultura colectiva y compartida con una comprensión y conducta individual. Ser capaz de cuantificar la cultura puede dar a los investigadores una libertad renovada que permita operacionalizar este constructo.7

Metodología: Diseño de investigación

En 2018, me embarqué en un estudio para vincular todas estas piezas entre sí. Se han llevado a cabo algunos estudios de investigación sobre la cultura denominacional cristiana, pero la mayoría de ellos solo habían sido cualitativos: utilizando grupos de sondeo, entrevistas individuales o estudios de casos pequeños. Este estudio buscó específicamente una manera de transformar el vago y elusivo concepto de una variable concreta y cuantificable. El análisis de consenso cultural emergió como el método más apropiado de usar en este paso inicial; por lo tanto, aunque la preponderancia de datos fue recolectados cuantitativamente mediante la encuesta distribuida y analizada según diversos análisis estadísticos, la primera parte del estudio fue totalmente cualitativa. Para llegar a una medida válida que pudiera cuantificar este componente cultural de la religión, se adoptó en primer lugar un enfoque ético (interno)8 para desarrollar un modelo cultural basado en las respuestas de la comunidad misma. Ese ámbito y su clave cultural derivada fueron entonces incorporados al instrumento de la encuesta y usados como una medida cuantitativa.

Construcción del ámbito cultural

Para medir la cultura, se necesita en primer lugar un modelo cultural. Siguiendo los pasos delineados para el análisis de consenso cultural, se construyó ese ámbito en dos fases con dos muestras diferentes, usando el enfoque ético. La primera fase utilizó los métodos de encuestas cualitativas de listas libres y orden de clasificación para ayudar a identificar las características destacadas de los adventistas en los Estados Unidos. El inventario  resultante fue utilizado para crear el cuestionario de una encuesta que fue distribuida a una muestra más grande de la población.

Lista libre

En la investigación cualitativa, las listas libres ayudan a los individuos a crear categorías basadas en la comprensión ética o interna de un concepto determinado.9 En la primera etapa del estudio se utilizó un procedimiento de muestra de bola de nieve o de efecto multiplicador.10 En este tipo de muestra, el investigador comienza con un pequeño número de participantes, pero a medida que cada encuestado le refiere a otros participantes potenciales, el número de individuos comienza a incrementarse, como si se formara una bola de nieve. En este estudio, los individuos de la primera muestra (n = 61) fueron una red de amigos y colegas adventistas de quienes se procuraron nombres adicionales de individuos que fueran miembros activos e involucrados de la Iglesia Adventista. Se tomaron medidas para garantizar que la muestra fuera geográficamente representativa en la División Norteamericana de la Iglesia Adventista, al incluir aproximadamente 7 u 8 individuos de cada una de las ocho uniones que abarcó este estudio. De los 61 participantes, 41 fueron mujeres y 20 hombres; 18 tenían más de 50 años y 43 menos de 50. Dado que los datos recolectados fueron usados para evaluar el conocimiento cultural compartido, la muestra no tuvo la necesidad de ser aleatoria (Handwerker, 2001).11

Los individuos de la primera muestra fueron contactados por teléfono o correo electrónico, y las entrevistas fueron llevadas a cabo personalmente, por Skype, Zoom o teléfono. Después de una breve explicación del estudio, cada participante recibió la siguiente indicación: “Imagine un adventista tradicional que vive según la cultura adventista prescrita. ¿Qué conducta o características esperaría ver usted en un individuo semejante?”12** Basados en esta indicación, se les pidió a los encuestados crear una lista (categorizar) todos los ítems que les viniera a la mente. Se los instruyó específicamente a responder en nombre del conocimiento de la comunidad adventista y no basados en lo que pensaban personalmente.13

Cada entrevista fue grabada, y se creó una planilla, colocando ítems con las respuestas de cada individuo. Al concluir las entrevistas, esta planilla fue examinada en su totalidad, y se creó un código a partir de las notas. Los ítems similares fueron reducidos a declaraciones únicas. Por ejemplo, un participante expresó: “Los adventistas no buscan intencionalmente interacciones con los no adventistas”. Otro expresó que los adventistas tienen “una mentalidad un tanto exclusiva y son atraídos a personas que son similares a . . .”. Frases como esas fueron fusionadas y codificadas en la declaración “socializa con otros adventistas”.

De ese primer análisis de las listas de encuestados, el código llegó a tener 165 ítems. Al continuar analizando y combinando, la lista se redujo aún más a 45 rasgos o características de un adventista estadounidense tradicional y respetable (véase la Tabla 1). En la planilla se crearon nuevas columnas para cada encuestado, con su lista correspondiente editada que usó los términos del código. Se escogieron 27 de los ítems más sobresalientes para la tarea de crear una clasificación que le siguió.

Creación de una clasificación

Una vez que esta lista fue creada, se escogió una segunda muestra (n = 63). Una vez más, se utilizó un procedimiento de muestra por bola de nieve, usando “referencias” de amigos, colegas y conocidos adventistas de todo el país (n = 63). Todos los participantes se autodescribieron como miembros de iglesia activos e involucrados, y también eran padres de estudiantes de escuelas primarias o secundarias. Esta muestra también brindó una representación justa de las ocho uniones estudiadas, con unos 7 u 8 estudiantes de cada región. De los 63 individuos de esta muestra, 44 eran mujeres, y 48 eran personas de menos de 50 años. Para esta fase de la construcción del ámbito de dominio cultural, los participantes recibieron la tarea de crear una lista de clasificación de los ítems derivados de la primera muestra. El propósito de este segundo paso fue evaluar el grado de acuerdo –o consenso– entre estos ítems, que habían sido identificados como elementos claves de la cultura del adventismo en la primera fase.

Al igual que en la primera muestra, cada participante de la segunda muestra fue contactado primero o bien por teléfono, o por correo electrónico. En el tiempo designado, se brindó a los participantes un resumen sobre el estudio, así como una explicación de cómo se identificaron estos 27 ítems. También se les informó exactamente cuál había sido la indicación para la primera muestra; en otras palabras, a lo que habían estado respondiendo esos participantes y cómo se había desarrollado esa lista. Se los instruyó entonces en la tarea que tenían por delante: efectuar una clasificación de todos los 27 ítems, comenzando con el que parecería el más importante para un buen adventista del séptimo día.

Para aquellos con los que se llevó a cabo esta tarea en persona, se utilizó el enfoque de orden por clasificación de Dengah.14 Esos participantes recibieron 27 tarjetas pequeñas, y cada tarjeta tenía uno de los ítems escrito. Se animó a los encuestados,  primero, a seleccionar las tarjetas en tres categorías: muy importante, un poco importante, y para nada importante. Una vez que tuvieron los tres grupos, se les pidió a los encuestados que los ordenaran dentro de cada una de las categorías. Cuando terminaron, el resultado fue una lista según su importancia de los 27 ítems. Algunos participantes escogieron completar la tarea según se describió más arriba; otros simplemente reacomodaron sus tarjetas de izquierda a derecha y las ordenaron del 1 al 27.

Al igual que la primera muestra, se instruyó a todos los participantes de la segunda muestra para que establezcan una clasificación de las declaraciones según la manera en la cual la comunidad percibía su importancia, y no según la prioridad que ellos le asignaban personalmente.

Establecimiento de un ámbito

Usando las listas ordenadas de cada encuestado en la segunda muestra, se creó la matriz de correlación de participantes y su clasificación de cada ítem. El grado con el cual los participantes concordaron unos con otros fue cuantificado como un coeficiente de competencia cultural; en esencia, determinó lo bien que cada individuo comprendía la cultura. Los que crearon una clasificación de manera similar a la mayoría tuvieron un coeficiente elevado y se afirmó que tenían un elevado grado de competencia cultural.15 Este es un modelo de consenso, que significa que la “aptitud” no se define como respuestas correctas, sino más bien un nivel en acuerdos y conocimientos compartidos entre los encuestados.

Usando esos coeficientes de aptitud cultural, se llevó a cabo un análisis de factores sobre los ítems, los participantes y sus clasificaciones, y se examinó según el índice del primer autovalor característico respecto del segundo. Se estableció un ámbito cultural según la base de la examinación del primer y segundo autovalor. El primer factor denota la mayor intersección compartida entre un conjunto de variables (según fue compuesta por listas libres), y el segundo factor responde a un acuerdo residual.16 La teoría del consenso cultural sostiene que si el índice entre el primero y el segundo autovalor es superior a tres, puede inferirse que la población de la muestra está haciendo referencia y utilizando el mismo conocimiento compartido, y que en efecto existe un ámbito cultural.

Los resultados del análisis de factor de los participantes (n = 62) produjo un índice de 3,28 entre el primer autovalor (19,357) y el segundo autovalor (5,901). Aunque es un índice modesto, indicó sin embargo que existía un conjunto compartido de conocimientos culturales dentro de la población de miembros de la Iglesia Adventista en los Estados Unidos.

Al calcular a continuación la clasificación de todos los ítems sobre la base del promedio de todas las clasificaciones de los encuestados, mientras se daba también más peso a los encuestados con coeficientes más elevados de competencia cultural, se identificó una “clave cultural”, lo que brindó un punto de toque desde el cual se pudo proceder al resto del estudio.

Diseño y distribución de la encuesta

Con la clave cultural a mano, pude avanzar para desarrollar el instrumento final de la encuesta. Después de un análisis de factor, que ordenó los ítems a partir del rasgo/conducta/característica más saliente de un adventista tradicional y que culminó con la menos saliente, tomé los principales catorce ítems y los transformé en preguntas/aseveraciones de encuesta. Los encuestados recibieron la opción de responder Totalmente de acuerdo, De acuerdo, En desacuerdo, o Totalmente en desacuerdo. Solo incluí catorce ítems para ser sensible a la longitud de la encuesta. Esta selección de los ítems no constituye un enfoque inusual en el modelo de consenso cultural, y es algo que ha sido empleado en numerosos estudios.17

Además de la medición de la cultura, incluí otros dos componentes: religiosidad general y doctrina adventista. Usé el Duke Religion Index (DUREL), desarrollado por Koenig, Meador y Parkerson18 para medir la religiosidad general de los encuestados respecto de tres dimensiones: actividad religiosa organizacional, actividad religiosa no organizacional, y religiosidad intrínseca,19 y se creó un promedio de las respuestas a estas cinco preguntas para crear la variable de religiosidad.

El compromiso y la creencia en las doctrinas de la Iglesia Adventista fueron medidos usando otro instrumento breve de cinco preguntas que se usó previamente para estudiar la religiosidad y las cuestiones públicas entre los adventistas por Dudley, Hernandez y Terian.20 Se obtuvo un promedio de las respuestas a estas cinco preguntas para crear la variable de doctrina.

Distribuí el instrumento de la encuesta final en el verano de 2018 mediante una variedad de canales en los Estados Unidos, apuntando a los miembros de la Iglesia Adventista de los Estados Unidos que tenían niños en edad de educación primaria o secundaria. La División Norteamericana, que incluye los Estados Unidos, Guam, Bermuda y Canadá, está subdividida en nueve uniones y una misión, que a su vez están divididas en 59 asociaciones. Dadas las diferencias culturales significativas que existen en Guam, Bermuda y Canadá, esas regiones fueron omitidas de este estudio. Cuando la encuesta cerró, se habían recibido más de mil respuestas y de esa cifra, 991 participaciones eran viables y fueron utilizadas en los análisis subsiguientes.

La Figura 2 ofrece una representación de la elección de una institución educativa por los participantes de ocho uniones de los Estados Unidos representadas en este estudio. En general, pareció que la mayoría de los que respondieron a la encuesta enviaban a sus hijos a una escuela adventista primaria y secundaria. Tanto las uniones del Pacífico Norte como del Pacífico mostraron porcentajes de encuestados bastante elevados que escogieron escuelas adventistas para sus hijos. Pero la Unión del Pacífico Norte, con 17,2 por ciento, mostró un porcentaje más elevado de niños que recibían clases en su hogar que la Unión del Pacífico, con 10,3 por ciento. La Unión del Pacífico (26,2 por ciento) también mostró uno de los índices más elevados de niños matriculados en instituciones educativas no adventistas, junto con la Unión del Lago, que alcanzó 32,4 por ciento.

Conclusión

La Primera parte de este artículo procuró articular el propósito de este estudio y brindó una explicación de su metodología. La intersección en la elección de la institución educativa y la cultura adventista ha provocado efectivamente un fascinante proceso del pensamiento en relación con nuestra iglesia, nuestra herencia y nuestra comunidad en los Estados Unidos, y requiere de un examen más minucioso para determinar cualquier ramificación significativa con respecto a las decisiones que tomemos para nosotros y nuestras familias.


La Segunda parte de este artículo aparecerá en el número de Octubre-Diciembre 2020 de la Revista de educación adventista y explorará en más detalle los hallazgos claves del estudio, así como sus implicaciones para el futuro.


Este artículo ha sido sometido a una revisión de pares.

Aimee Leukert

Aimee Leukert, PhD, es profesora asociada de Currículo y Enseñanza en la Universidad La Sierra, en Riverside, California, Estados Unidos. La doctora Leukert, que ha sido educadora dentro del sistema educativo adventista durante más de quince años, ha enseñado a nivel primario, secundario y universitario, y también ha sido directora en la Asociación Sur de California. Su trabajo en el Centro de Investigaciones sobre Educación Adventista le ha permitido compartir su pasión por enseñar mediante diversos canales, lo que incluye ayudar al Equipo de Tareas de Educación de la División Norteamericana e impulsar a Embajadores de la Educación Cristiana Adventista (AACE), una organización diseñada para reclutar, organizar y apoyar voluntarios para las escuelas primarias y secundarias de la División Norteamericana.

Citación recomendada:

Aimee Leukert, “Opciones adventistas: La relación entre la cultura adventista y la educación adventista, Primera parte”, Revista de educación adventista 82:2 (Julio-Septiembre 2020): ____.

NOTAS Y REFERENCIAS

  1. En la página _____ de este artículo comienza una descripción detallada de este estudio.
  2. Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, “28 Fundamental Beliefs,” (n.d.): https://www.adventist.org/beliefs/fundamental-beliefs/.
  3. Aunque los adventistas pueden compartir características y creencia, no existe una definición única de la cultura adventista, dado que las normas sociales y conductuales pueden variar dependiendo del país y, más específicamente, de los trasfondos étnicos y culturales de los miembros de iglesia dentro de un país o región determinado. Este estudio buscó específicamente una manera de transformaron el concepto vago y elusivo de cultura en una variable concreta y cuantificable, mediante el método de Análisis de Consenso Cultural (CCA).
  4. William W. Dressler, Culture and the Individual: Theory and Method of Cultural Consonance (New York: Routledge, 2018).
  5. Ibíd.
  6. Ibíd.
  7. Ibíd.
  8. En los estudios antropológicos, se define emic como una perspectiva interna. Por ejemplo, los miembros de un grupo específico que está siendo estudiado servirán como las fuentes primarias de información sobre el grupo. A menudo se refiere como el enfoque “interno”. Por más información, véase “Two Views of Culture: Etic & Emic” (n.d.): https://courses.lumenlearning.com/culturalanthropology/chapter/two-views-of-culture-etic-emic/.
  9. Para más información sobre las listas libres, véase Marsha B. Quinlan, “The Freelisting Method” (Agosto 2017): https://link.springer.com/referenceworkentry/10.10... and Beverly Peters, “Qualitative Methods in Monitoring and Evaluation: Free Lists” (n.d.): https://programs.online.american.edu/msme/masters-in-measurement-and-evaluation/resources/free-lists-for-qualitative-data.
  10. Statistics How To (2020): https://www.statisticshowto.com/snowball-sampling/.
  11. W. Penn W. Handwerker, Quick Ethnography: A Guide to Rapid Multi-Method Research (Lanham, Md.: AltaMira Press, 2001).
  12. Para una discusión más profunda sobre cómo la autora recolectó los datos para este estudio, véase Aimee Leukert, “Choosing God, Choosing Schools: A Study of the Relationship Between Parental Religiosity and School Choice”. PhD diss., Claremont Graduate University, 2018, 68-82. Disponible en https://scholarship.claremont.edu/cgu_etd/142.
  13. Dressler, Culture and the Individual: Theory and Method of Cultural Consonance.
  14. H. J. François Dengah II, “The Contract With God: Patterns of Cultural Consensus Across Two Brazilian Religious Communities”, Journal of Anthropological Research 69:3 (Otoño 2013): 347-372.
  15. Dressler, Culture and the Individual: Theory and Method of Cultural Consonance.
  16. W. Penn Handwerker, “The Construct Validity of Cultures: Cultural Diversity, Culture Theory, and a Method for Ethnography”, American Anthropologist 104:1 (Marzo 2002): 106-122.
  17. William W. Dressler, comunicación personal, 2018.
  18. Harold G. Koenig, G. R. Parkerson Jr. y K. G. Meador, Duke Religion Index (DUREL, DRI) (1997): APA PsycTests: doi.org/10.1037/t04429-000.
  19. Se otorgó permiso para el uso de la escala Duke Religion Index scale. La Duke Religion Index (DRI o DUREL) define tres dimensiones claves de la religiosidad: actividad religiosa organizacional (ORA), actividad religiosa no organizacional (NORA) y religiosidad intrínseca (IR). ORA incluye actividades religiosas que son públicas, como por ejemplo asistir a un culto religioso, un grupo de oración, un grupo de estudio de la Biblia o una reunión de grupos pequeños. Las actividades NORA son actividades religiosas privadas, tales como escuchar o mirar programas religiosos por radio o televisión, la oración privada, el estudio de las Escrituras, y otras actividades religiosas que no tienen lugar en grupo. La religiosidad intrínseca (IR) es el compromiso religioso y la motivación personal de un individuo que no se ve influenciada por factores externos tales como el estatus social o el ser visto. Para mayor información, véase Harold G. Koenig y Arndt Büssing, “The Duke University Religion Index (DUREL): A Five-Item Measure for Use in Epidemological Studies”, Religions 1:1 (Diciembre 2010): 78-85: https://www.mdpi.com/2077-1444/1/1/78.
  20. Se otorgó permiso para usar la escala de Roger L. Dudley, Edwin I. Hernandez y Sara M. K. Terian, “Religiosity and Public Issues Among Seventh-day Adventists”, Review of Religious Research 33:4 (Junio 1992): 330-348:https://www.jstor.org/stable/3511604.