Editorial | Faith-Ann McGarrell

Anclados en la esperanza

Hay momentos en nuestra vida personal y profesional —tanto individual como colectivamente— cuando el temor se apodera de nosotros. Tememos perder lo que nos resulta de gran valor, sentir que hemos perdido toda esperanza; o podemos tener un destello de optimismo, aunque las tormentas amenacen despojarnos de todo valor dejándonos desalentados, paralizados de temor y atrapados en un ciclo de inercia. ¿Cómo podemos mantener la esperanza en esos momentos difíciles?

La esperanza es intangible: un destello indescriptible de optimismo anclado en lo más profundo de nosotros. La poetisa estadounidense Emily Dickinson, quien vivió en reclusión, es bien conocida por sus descripciones crípticas de esperanza. Escribió: “La esperanza es una invención extraña —Una patente del corazón— en acción infatigable/Nunca se cansa—”.1 En otro poema, escribió: “La esperanza es esa cosa con plumas—Que se posa en el alma—Y entona melodías sin palabras—Y jamás se detiene—Jamás”.2 Aun en su reclusión de la sociedad, la esperanza titilaba en sus pensamientos. La mayoría de nosotros no tiene el lujo de recluirse del mundo, alejándose de problemas. Tenemos que enfrentar los altibajos de la vida, creyendo que superaremos cada experiencia con la esperanza intacta.

Los investigadores y científicos creen que como seres humanos, fuimos creados y diseñados para sentir esperanza. Algunos lo denominan la “predisposición optimista”;3 otros, el “efecto placebo”.4 ¿Cómo hace la esperanza para estimular el alma? Creo que comprendemos plenamente el significado de la palabra cuando pensamos en lo que sería la vida sin ella. Proverbios 13:12 dice: “La esperanza que se demora es tormento del corazón; árbol de vida es el deseo cumplido”.5 El que carece de esperanza vive en la desesperación. El diccionario nos dice que una situación sin esperanza es cuando no hay posibilidades de cambio o mejoras. Por el contrario, alguien con esperanza expresa un nivel más alto de certidumbre y optimismo, lo que inspira prepararse y visualizar el futuro.6

En 2014, la Universidad Cornell, la Universidad de Notre Dame y la Universidad de Pennsylvania iniciaron un proyecto de investigación de cuatro años y con una dotación de cinco millones de dólares denominado Iniciativa, Esperanza y Optimismo. Andrew Chignell y Samuel Newlands, coinvestigadores principales, estuvieron al frente de un equipo interdisciplinario de investigadores de las áreas de filosofía, filosofía de la religión y ciencias sociales. La iniciativa buscó generar una comprensión conceptual, empírica y práctica de la esperanza y el optimismo.7

Chignell planteó la pregunta central de la investigación: “¿Podemos ser más claros con respecto a los diferentes tipos de esperanza que tienen, usan y de la que hablan las personas?” Los investigadores hipotetizaron que había un espectro de tipos muy diferentes de esperanza. Hallaron que en un extremo del espectro de la esperanza hay una esperanza fácil. Es la esperanza que consiste en el deseo de que algo suceda, y la creencia de que algo sea posible, pero no se ha hecho intento alguno de estructurar la vida alrededor de esa posibilidad (ganar la lotería, por ejemplo). En el otro extremo del espectro se encuentra lo que Chignell denomina esperanza robusta, donde una persona no solo cree que algo es posible y quiere que se haga realidad, sino que también toma acciones decisivas como resultado de ello. 8

En efecto, se han documentado bien los efectos fisiológicos positivos de la esperanza robusta, con mayor claridad en la experiencia de los que viven con afecciones crónicas y terminales. En La anatomía de la esperanza, el médico Jerome Groopman escribe: “Los investigadores están aprendiendo que un cambio de mentalidad tiene el poder de alterar la neuroquímica cerebral”.9 Y sigue diciendo: “La creencia y la expectativa —los elementos claves de la esperanza— pueden bloquear el dolor al liberar las endorfinas y encefalinas del cerebro, imitando así los efectos de la morfina. En algunos casos, la esperanza también puede tener efectos significativos sobre los procesos fisiológicos fundamentales tales como la respiración, la circulación y la función motora”.10 La idea de que tener esperanza puede potencialmente marcar una diferencia en la química cerebral o el bienestar fisiológico, puede parecer exagerada, especialmente considerando la naturaleza abstracta del concepto. Aun así, Groopman es enfático: “La verdadera esperanza no tiene lugar para el engaño”.11 Tenemos que enfrentar la situación de frente y, en el proceso, hallar formas para lidiar con la crisis.

Shane Lopez, autor del libro Making Hope Happen (Hacer de la esperanza una realidad), ofrece otra perspectiva al señalar: “Las personas con esperanza evocan una visión que las sustenta, que las lleva a enfrentar las tareas difíciles y aceptar los contratiempos. Invierten en un futuro que satisface su presente: en la manera de comer, ejercitarse, conservar la energía, cuidar de ellos, seguir sus tratamientos (en caso de enfermedades crónicas o terminales), o vivir simplemente con optimismo”.12 De manera similar al trabajo de Chignell y Newlands, y de Groopman, López sugiere que la esperanza, en su forma más robusta, incorpora la acción, la preparación, la planificación y la anticipación.

¿Qué hacer entonces con esta abstracción? ¿La dejamos allí sola, como un concepto intangible, o podemos hallar un propósito verdadero para la esperanza y el optimismo? En Jeremías 17:7, se nos dice que el Señor es la esperanza de los que en él confían, y en 1 Pedro 1:3, se nos recuerda que Dios nos ha dado una “esperanza viva” por medio de Jesucristo. ¡Tenemos una esperanza viviente!

Hace varios años, Duane Bidwell (un teólogo) y Donald Batisky (un nefrólogo pediatra) se reunieron para investigar y escribir artículos sobre los niños y las familias que enfrentan enfermedades crónicas. Identificaron cinco vías hacia la esperanza:

  • Conservar la identidad. Mantener una rutina similar a la que se tenía antes del evento.
  • Edificar la comunidad. Interactuar y buscar a otros que estén pasando por una situación similar, y dedicar tiempo a conectarse.
  • Recuperar el poder. Recuperar el poder de la situación al continuar haciendo planes y estableciendo objetivos.
  • Prestar atención a Dios. Abrazar la espiritualidad mediante prácticas religiosas, conectándose con Dios por medio de la oración, la meditación y la reflexión.
  • Adquirir sabiduría. Reunir sabiduría de la comunidad, de médicos expertos, y compartiendo experiencias personales con otros.13

Estas vías son elecciones activas, constructivas y deliberadas, algo que se puede aplicar a las situaciones más difíciles. La esperanza es una elección que necesita ser nutrida cada día en el hogar, la iglesia y las instituciones educativas. Juntos, como administradores, docentes, pastores, consejeros y los que sirven en las escuelas, somos llamados a crear ambientes de aprendizaje que promuevan esperanza en la vida de los estudiantes, muchos de los cuales enfrentan una desesperanza generalizada y no ven una salida para ciertas circunstancias como, ira, ansiedad, acoso social, depresión o pobreza extrema. Las instituciones educativas adventistas tienen que ser refugios de esperanza y optimismo, lugares donde ambos son plantados, cultivados y nutridos. Sabemos que cada uno tiene poder de transformar individuos y situaciones, aún más, creemos que la esperanza en Dios transforma vidas. Quizá el último año escolar estuvo plagado de tormentas y turbulencias personales o profesionales, algunas más difíciles que otras y, en el futuro, pudiésemos ciertamente experimentar tragedias personales o crisis financieras, sociales o políticas. De hecho, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, puede que nuestra situación no cambie y en algunos casos empeorar. Aun así, podemos escoger no temer, porque el miedo es la ausencia de esperanza.14

¿Qué hacer en momentos de tribulación? Nos revestimos de esperanza y seguridad de la presencia de Dios en medio de las circunstancias difíciles: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Recordamos sus obras en experiencias pasadas: “Me acordé de los días antiguos; meditaba en todas tus obras; reflexionaba en las obras de tus manos” (Salmos 143:5); y reclamamos las promesas de liberación futura: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo”(Isaías 43:2). Afirmada en las promesas de Dios, la esperanza es un bastión contra cualquier tormenta. Que esa robusta esperanza sea nuestra al navegar los días futuros, nutriendo y sustentando corazones esperanzados, expectantes e intrépidos.

Faith-Ann McGarrell

Faith-Ann A. McGarrell, PhD, es editora de la Revista de Educación Adventista. Anteriormente a este cargo, la Dra. McGarrell trabajaba como profesora asociada de Enseñanza, Aprendizaje y Currículo en la Universidad Andrews, en Berrien Springs, Michigan, donde también era directora del Programa de Currículo e Instrucción. En los últimos 20 años, la Dra. McGarrell  enseñó en todos los niveles — desde la escuela primaria hasta educación universitaria. Ella puede ser contactada por medio de su dirección electrónica  mcgarrellf@gc.adventist.org

NOTAS Y REFERENCIAS

  1. Emily Dickinson, “Hope Is a Strange Invention (1392)”, en The Complete Poems of Emily Dickinson, Thomas H. Johnson, ed. (Boston, Mass.: Little, Brown and Company, 1960), 597.
  2. Ibíd., “‘Hope’ Is the Thing With Feathers (254)”, 116.
  3. Tali Sharot, The Science of Optimism: Why We’re Hardwired for Hope (Seattle, Wash.: Amazon Digital Services, LLC, 2012).
  4. Jerome Groopman, The Anatomy of Hope: How People Prevail in the Face of Illness (New York: Random House, 2003).
  5. Proverbios 13:12. A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas han sido extraídas de la versión Reina-Valera 95® © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Usada con autorización.
  6. Definición de “hopeless” en el Merriam-Webster’s Dictionary: https://www.merriam-webster.com/.
  7. Hope and Optimism: Conceptual and Empirical Investigations: http://hopeoptimism.com/. El proyecto financió el estudio en áreas tales como filosofía de la esperanza y el optimismo; la esperanza, el optimismo y Dios; la ciencia de la esperanza y el optimismo; la esperanza en escena; y la esperanza en la pantalla.
  8. The Science of Hope and Optimism: http://hopeoptimism.com/pages/funding-initiatives/the-science-of-hope-and-optimism 
  9. Groopman, The Anatomy of Hope: How People Prevail in the Face of Illness, xvi.
  10. Ibíd.
  11. Ibíd., xiv.
  12. Amanda Enayati entrevista a Shane Lopez, autora de Making Hope Happen: Create the Future You Want for Yourself and Others (New York: Atria Books, 2013), en Amanda Enayati, “How Hope Can Help You Heal” (Abril 2013): https://www.cnn.com/2013/04/11/health/hope-healing-enayati/index.html 
  13. Duane Bidwell y Donald Batisky, “Identity and Wisdom as Elements of a Spirituality of Hope Among Children With End-stage Renal Disease”, Journal of Childhood and Religion 2:5 (Mayo 2011): 1-25: http://childhoodandreligion.com/wp-content/uploads/2015/03/Bidwell-Batisky-May-2011.pdf .
  14. saías 41:10; Mateo 28:20.