Leslie R. Martin • Shelly S. McCoy

Cómo prevenir la adicción a los alimentos en los adolescentes

EDICIÓN ESPECIAL

ADICCIÓN CONDUCTUAL

Darío1 tiene 12 años y le encantan tanto los dulces, que cada vez que puede intercambia los alimentos nutritivos de su almuerzo por golosinas, galletas dulces u otros confites, y gasta gran parte del dinero que gana haciendo tareas en su casa en esos deseos malsanos. Sus padres se aseguran de que coma verduras y proteínas. No permiten bebidas azucaradas en el hogar, pero no están al tanto hasta dónde llega su ingesta de azúcar, porque esta se produce durante el horario escolar o las actividades después de la escuela.

Darío tiene un peso promedio. El último verano pasó dos semanas en casa de la abuela, y allí estuvo sin comer dulces, porque la abuela vive en una zona rural y detesta la “comida chatarra”. Disfrutó del tiempo que pasó en casa de la abuela, pero al regresar a su hogar, comenzó otra vez a consumir sus dulces favoritos. Darío no está preocupado por su dieta o su peso; esas son cuestiones que ni figuran en su radar de preadolescente.

A Kayla, de 15 años, también le gustan los dulces. Aunque sabe que ingiere mucha azúcar, no lograr cambiar de régimen alimentario. Come un desayuno saludable, y lo mismo hace cuando otras personas están presentes. La adolescente, sin embargo, come a menudo en secreto, y se avergüenza de lo mucho que consume. Dice que cuando cede a la tentación de comer dulces, se siente “estupenda, y al mismo tiempo con mucha culpa”. Aunque atiborrarse de dulces satisface su deseo por un rato, siente que el día después de comer mucho, sus deseos se vuelven aún más fuertes, quedando atrapada en un círculo vicioso de deseo, comida en exceso y culpa. Aunque Kayla apenas es consciente de ello, ese ciclo está comenzando a interferir con su desempeño académico, porque su mente está cada vez más ocupada pensando en comida y preocupada ante la posibilidad de engordar. Kayla ya pesa más de lo que debería según su altura y tipo de cuerpo, pero no es obesa. En su última consulta anual, sin embargo, el médico le advirtió que su presión arterial estaba por encima de la ideal, y le preguntó a Kayla por su dieta (Kayla tuvo tanta vergüenza que no fue del todo sincera con el médico). A diferencia de Darío, Kayla piensa con frecuencia en comida y en su peso, y está preocupada de que sus intensos deseos solo se tornen más difíciles de controlar en el futuro.

Naturaleza de la adicción a la comida

¿Qué es adicción a la comida? ¿Califican Darío y Kayla como “adictos”? Son preguntas más complicadas de lo que parecen. Los datos indican que gran parte de lo que llamamos casualmente “adicción a la comida” tal vez no califique como una conducta adictiva. Más bien, esos deseos pueden ser explicados mejor, en términos de un conjunto complejo de procesos psicológicos que se combinan con características placenteras de ciertos alimentos y percepciones sociales sobre los niveles apropiados de consumir estos alimentos.2 Los que se identifican como “adictos a la comida”, sin embargo, presentan muchas de las mismas conductas usadas para diagnosticar los trastornos por abuso de sustancias. Dado que patrones similares de activación neural aparecen en el abuso de sustancias y la ingesta adictiva de alimentos, algunos investigadores han señalado que ciertas conductas de consumo excesivo de alimentos deberían de hecho ser caracterizadas como adicciones.3

Los mejores datos sobre adicción a la comida pertenecen a los alimentos de alto contenido de azúcares y grasas. Aunque esos alimentos no son en sí adictivos, sus cualidades placenteras, acopladas a las restricciones definidas por la sociedad que alientan un patrón de consumo que va del exceso a la restricción, fomentan las cualidades conductuales y neurales que pueden ser definidas como adicción.4 Las inconsistencias de datos empíricos indican que es prematuro aplicar los modelos clásicos de adicción al consumo de alimentos,5 pero que los patrones de consumo similares a una adicción resultan sin embargo significativos. Esos patrones no están vinculados solamente con la obesidad y otros problemas físicos, sino que también poseen una correlación con trastornos de salud mental tales como la depresión.6 Esto los convierte en focos claves de esfuerzos por mejorar la salud,7 en particular durante la adolescencia.

Las publicaciones populares y los medios de comunicación suelen vincular los términos “adicción a la comida” con “obesidad”, lo que ha llevado a pensar que todos los obesos luchan contra las adicciones a la comida, pero este no es el caso. Los individuos con adicción a la comida pueden tener un peso normal o aún por debajo del normal.8 Aunque los obesos luchan para equilibrar la ingesta y el consumo de calorías, se estima que solo alrededor de una cuarta parte de los obesos en muestras clínicas cumple con los criterios de la Escala de Adicción a los Alimentos de Yale (YFAS).9 Los individuos cuyos deseos por algunos alimentos son parecidos a una adicción, pueden sufrir riesgo particular de obesidad crónica, y pueden ser especialmente difíciles de tratar. Los niños que participan del consumo similar a una adicción, pueden correr un riesgo particularmente elevado, dado que los patrones de consumo se establecen temprano en la vida, y los efectos negativos acumulativos de una dieta insuficiente se van sumando a lo largo de toda la vida. En efecto, las investigaciones sobre el desarrollo de la obesidad a lo largo de la vida indican que su causa comienza muy temprano en el desarrollo, y algunas investigaciones aun apoyan influencias prenatales hacia la obesidad.10

En un esfuerzo por identificar a niños que tienen riesgos elevados de sufrir adicción a la comida, los investigadores han desarrollado una versión infantil del YFAS.11 Incluye ítems tales como:

  1. “Si no puedo hallar la comida que quiero, me esforzaré por conseguirla (por ej., pedirle a un amigo que me la consiga, buscar una máquina expendedora, sustraer comida cuando nadie está mirando)”.
  2. “Como tanto que después me siento mal. Me siento tan mal que no hago las cosas que me gustan (por ej., jugar, pasar tiempo con mis amigos)”.
  3. “Cuando no como ciertos alimentos, me siento molesto o enfermo”.
  4. “Mi manera de comer me causa problemas (por ej., problemas en el colegio, con mis padres, con mis amigos)”.

Sobre la base de esos y otros indicadores del YFAS-C, Devon no parece ser adicto a la comida, aunque podría hacer algunas modificaciones en algunas de sus acciones para impedir problemas futuros. Kayla, sin embargo, corre un riesgo mayor, dado que está experimentando problemas de salud relacionados con la ingesta de alimentos y sus estados emocionales están firmemente vinculados con la comida, de manera que teme perder el control de su consumo de alimentos. Marcadores como esos deberían señalar a los padres, los maestros y los administradores de la institución que los patrones alimenticios del joven reflejan perturbaciones psicológicas o emocionales de raíces más profunda necesarias de abordar, y que solo hablar sobre la necesidad de hacer cambios en lo que se come no resolverá el problema.

La prevención y la acción institucional

Las estrategias efectivas de prevención y tratamiento para las patologías frente a la comida dependen de definiciones exactas que guardan consecuencia con los criterios clínicos. La “adicción a la comida” no aparece en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5),12 a pesar de que el concepto ha sido usado en marcos clínicos (por ejemplo, el YFAS-C). Sin embargo, en la edición más reciente del DSM-5, se añadió el Trastorno por Atracón como una categoría diagnóstica, definida como una patología de ingesta marcada por episodios continuados de comer en exceso seguidos por un sentido de falta de control.13 Sobre la base de esa definición, puede que Kayla haya cumplido los criterios del trastorno, si bien queda menos claro si ella también es adicta a los alimentos.

En los últimos años se han multiplicado las investigaciones sobre adicción a los alimentos en animales y humanos adultos, pero se ha llevado a cabo menos investigaciones sobre la adicción a los alimentos en sí (a diferencia de los atracones) entre los niños y adolescentes.14 Aunque algunos individuos con el Trastorno por Atracón pueden participar de conductas que semejan adicciones (por ej., la incapacidad de controlarse a pesar de conocer los efectos perjudiciales de esta conducta, síntomas parecidos a los de abstinencia que incluyen el mal humor y la ansiedad), otras personas que experimentan atracones no cumplen con los criterios de adicción.15 Por ello, aunque Kayla muestra señales de Atracón por Alimentos, es importante determinar la frecuencia de sus episodios de atracones para identificar si sufre o no el trastorno. Según el DSM-5, para diagnosticar el Atracón por Alimentos requiere que se produzcan atracones, en promedio, una vez por semana durante más de tres meses. No es lo mismo que comer en exceso, que es menos severo, menos frecuente, y no está vinculado con problemas físicos o psicológicos.16

A pesar de las sutilezas y complejidades que implica identificar las diferencias entre la adicción a la comida, el Atracón por Alimentos y los patrones de ingesta malsanos que no constituyen un trastorno, los administradores de las instituciones educativas pueden sin embargo jugar un importante papel en influir sobre las elecciones de alimentos y las decisiones de las personas. De manera más directa, las instituciones pueden iniciar ofertas más saludables de alimentos en sus comedores estudiantiles, y remplazar los bocadillos poco nutritivos que a menudo se ofrecen en las máquinas expendedoras en el campus, con alternativas más saludables que limiten o eviten las opciones alimentarias ricas en azúcar, grasas y carbohidratos. Una revisión reciente de las publicaciones muestra que la implementación de reglamentos relacionados con la venta de alimentos y bebidas más saludables (fuera del programa de comidas de la institución) incrementa el consumo de los mismos.17

Las investigaciones también indican que existe un grado considerable de continuidad en la obesidad desde la niñez hasta la adultez; por ello, los programas que promueven elecciones de estilos de vida saludables deberían comenzar en la escuela y continuar durante toda la enseñanza secundaria y terciaria. En Internet hay excelentes recursos a disposición que pueden ayudar a que los administradores de la institución implementen cambios saludables. De manera particular se destaca el Centro de Economía Conductual de la Universidad de Cornell en el Movimiento de Comedores Estudiantiles más Inteligentes del Programa de Nutrición Infantil (http://smarterlunchrooms.org); el Programa de Escuelas Saludables de la Alianza para una Generación más Sana (https://schools.healthiergeneration.org), y el Centro Rudd de Yale para Políticas Alimentarias y Obesidad para Padres (http://ruddrootsparents.org/school-food), que apunta a los padres, lo que la convierte en una herramienta en especial útil para iniciar un diálogo con las familias.

Las relaciones positivas ayudan a sustentar hábitos alimenticios saludables

Las relaciones en la institución educativa también pueden ser de importante ayuda para comer sano. La relación entre el docente y el estudiante, en particular, es un vehículo poderoso para el cambio, y una fuente única de apoyo para los jóvenes. Al brindarles un ambiente positivo tanto dentro como fuera del salón de clases, los docentes pueden contribuir a conductas positivas en sus estudiantes. Las investigaciones muestran que cuando los estudiantes experimentan un sentido de conexión con sus instituciones, tienen menos probabilidad de participar de una gama de conducta perjudiciales y riesgosas,18 y el logro educativo también ha sido identificado como un factor de protección contra las conductas de trastornos de la alimentación.19 Por ello, la influencia de un docente puede ser doble, porque fomenta un sentido de pertenencia y conexión, y porque alienta los resultados positivos. Ambos elementos han demostrado un vínculo con mejores prácticas al comer. En los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades se puede consultar un documento importante sobre el incremento de la conexión en las instituciones educativas (http://cdc.gov/healthyyouth/protective/pdf/connectedness.pdf).

Asimismo, un docente que inspira confianza puede servir de enlace entre psicólogos y enfermeros escolares, quienes juegan un papel fundamental para identificar y tratar los trastornos de la alimentación. Como parte de un currículo regular de salud, los docentes deberían incluir información sobre los trastornos de la alimentación (y quizá inclusive un pequeño diagnóstico tal como el YFAS-C que ya se describió, que entonces podría ser compartido con el enfermero o psicólogo). Los administradores también pueden pensar en llevar a cabo talleres que se enfoquen en el desarrollo de habilidades para la vida, lo que incluye la resolución de problemas, la comunicación y el manejo del estrés (o la inclusión de estos como parte del currículo formal de salud). Aunque es probable que existan importantes diferencias individuales entre los adolescentes con adicción a los alimentos (como sucede en otras conductas adictivas), las investigaciones recientes indican que la impulsividad ayuda a explicar el vínculo entre las conductas adictivas y los resultados perjudiciales tales como un índice de masa corporal (IMC) poco saludable.20 Aunque preliminar, este hallazgo indica que puede resultar útil la identificación temprana de síntomas vinculados con la adicción a los alimentos, como es el caso de la impulsividad.

Por último, las instituciones deberían pensar en ofrecer a las familias y a los estudiantes una lista de profesionales de la comunidad cuya pericia incluye ayudar a que los jóvenes luchen contra cualquier tipo de patología relacionada con las comidas. Un lugar útil para comenzar a buscar información sobre las patologías de la alimentación es el sitio web de la Asociación Estadounidense de Trastornos de la Alimentación,21 que incluye información confidencial y consultas sin costo, además de una línea de ayuda de derivación a profesionales.

Estrategias

Los profesionales de la salud mental, tanto dentro como fuera del sistema educativo, pueden hacer uso de diversas estrategias para hacer frente a las patologías alimentarias de los niños y los adultos. La obesidad infantil y adolescente ha sido vinculada con la obesidad de los padres. En consecuencia, los jóvenes se benefician más cuando los programas de control de peso están dirigidos a toda la familia. Los psicólogos educacionales y los consejeros deberían incluir a las familias en sus intervenciones toda vez que sea posible, y los docentes y el resto del personal pueden incluir a las familias en los programas generales de salud, nutrición y bienestar. Aunque este artículo enfatiza la adicción a los alimentos, los principios relacionados con la ingesta saludable de alimentos tienen aplicaciones más generales, de manera que puede resultar un enfoque efectivo involucrar a toda la familia.22

Otra estrategia para tratar las conductas de inadaptación hacia los hábitos alimenticios, se ocupa de las influencias psicológicas subyacentes, tales como el estrés, que afecta los procesos psicológicos que regulan la ingesta de alimentos.23 Además de los cambios biológicos de la pubertad, los adolescentes experimentan grandes cambios tanto dentro como fuera del contexto familiar que son en potencia estresantes y pueden servir de disparadores de conductas inadaptadas ante la comida. Por ejemplo, las relaciones entre compañeros, el desarrollo de la identidad y los intereses en el sexo opuesto, se intensifican durante este período, lo que hacen que el colegio sea un lugar ideal para enseñarles estrategias efectivas para hacer frente al estrés. Los adolescentes pueden recurrir a alimentos azucarados y ricos en grasa para hacer frente a sentimientos de rechazo o inseguridad. Dado que esos alimentos activan los circuitos de recompensa en el cerebro, pueden formarse hábitos poderosos que requieren esfuerzos conscientes si desean revertírselos.

Se ha sugerido que los atracones de comida ayudan a que los jóvenes escapen de los pensamientos negativos sobre sí mismos.24 Por lo tanto, ocuparse de los estresores diarios de los adolescentes, con una atención especial a las transiciones del desarrollo, puede ayudar a promover la salud física e impedir la formación de hábitos inadecuados de alimentación. En Internet hay muchos recursos para enseñar técnicas de reducción del estrés; los educadores pueden hallar en particular útil los recursos del Distrito Educativo Unificado de San Francisco, dado que pueden ser adaptados a cualquier grupo de escuela primaria o secundaria (véase http://healthiersf.org/resources/pubs/stressRed/StressReductionActivities.pdf). En el caso de los estudiantes universitarios, el recurso “Trabajos Mentales en el Campus” de la Universidad de Míchigan ofrece una variedad de pautas y estrategias para los estudiantes, sus padres y el personal docente y administrativo (http://www.campusmindworks.org).

Las investigaciones demuestran que aunque las terapias cognitivo-conductuales pueden contrarrestar los pensamientos negativos sobre la comida y el peso y tratar con éxito el Trastorno por Atracón, la psicoterapia grupal puede resultar igualmente efectiva para tratar a individuos obesos que satisfacen los criterios de diagnóstico clínico de trastornos por atracón.25 Aunque este trastorno y la adicción a la comida representan afecciones diferentes, la superposición es suficientemente sustancial26 como para llevarnos a creer que estas estrategias ofrecen enfoques razonables para hacer frente también a la adicción a la comida. Para algunos individuos son suficientes las opciones de autoayuda, pero para otros, la terapia puede ayudar a revelar y apuntar a factores psicológicos y emocionales que influyen sobre la conducta. Las estrategias de pérdida de peso por sí solas son insuficientes para tratar el Trastorno por Atracón, dado que las personas que sufren el trastorno pueden tener sobrepeso o no, y el trastorno puede incluir problemas psicológicos como la depresión, las distorsiones de la imagen corporal y un sentido de indefensión. También en la adicción a los alimentos, es probable que las intervenciones enfocadas específicamente en la pérdida de peso sean menos efectivas que los enfoques multifacéticos.

Conclusión

Aunque muchos estudios científicos de tratamientos patológicos relacionadas con la alimentación han identificado estrategias que producen mejoras a corto plazo, pocos trabajos han examinado los resultados de recuperación a largo plazo para los individuos con una historia de comer en exceso. Sin embargo, en un estudio cualitativo en pequeña escala de mujeres que superaron sus trastornos de alimentación, los investigadores observaron que tanto la fe personal como la conexión con la comunidad resultaron integrales a las historias y las reflexiones sobre la recuperación que tuvieron estas mujeres.27 Esto indica que, al igual que para vencer cualquier adicción, la recuperación de patologías relacionadas con los alimentos pueden resultar de manera especial exitosas cuando las estrategias de tratamiento integran la fe y la espiritualidad dentro del contexto de una comunidad de apoyo. Y ese enfoque tan multifacético ante la promoción de la salud resulta útil al tiempo que guiamos a los estudiantes hacia lo que dice 1 Corintios 10:31 (NVI): “Ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios”.28


Este artículo ha sido sometido a la revisión de pares.

Leslie R. Martin

Leslie R. Martin, PhD, es profesora de psicología en la Universidad La Sierra, en Riverside, California, Estados Unidos. Martin completó su doctorado en la Universidad de California, en Riverside, y es Miembro de la Asociación de Psicología del Oeste. La doctora Martin ha sido autora o coautora de varios artículos en las áreas de psicología de la salud, psicología social y personalidad.

Shelly S. McCoy

Shelly S. McCoy, PhD, es profesora asistente de Psicología en la Universidad La Sierra. McCoy completó su doctorado en la Universidad de California en Riverside, California, Estados Unidos. Su interés principal en investigación constituye las conductas riesgosas para la salud y la seguridad entre los adultos emergentes (de entre 18 a 25 años) que estudian carreras a nivel universitario. Las áreas adicionales de investigación de la doctora McCoy incluyen el acoso escolar y las relaciones entre compañeros.

NOTAS Y REFERENCIAS

  1. Los nombres son pseudónimos.
  2. Peter J. Rogers y Hendrik J. Smit, “Food Craving and Food ‘Addiction’: A Critical Review of the Evidence From a Biopsychosocial Perspective”, Pharmacology Biochemistry and Behavior 66:1 (Mayo 2000):3-14.
  3. Ashley N. Gearhardt, Marney A. White y Marc Potenza, “Binge Eating Disorder and Food Addiction”, Current Drug Abuse Reviews 4:3 (Septiembre 2011):201-207.
  4. Rebecca L. Corwin y Patricia S. Grigson, “Symposium Overview—Food Addiction: Fact or Fiction?” Journal of Nutrition 139:3 (Marzo 2009):617-619; Michael Lutter y Eric J. Nestler, “Homeostatic and Hedonic Signals Interact in the Regulation of Food Intake”, Journal of Nutrition 139:3 (Marzo 2009):629-632.
  5. Hisham Ziauddeen, I. Sadaf Farooqi y Paul C. Fletcher, “Obesity and the Brain: How Convincing Is the Addiction Model?” Nature Reviews Neuroscience 13:4 (Abril 2012):279-286. doi:10.1038/nrn3212.
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  7. Caroline Davis et al., “Evidence That ‘Food Addiction’ is a Valid Phenotype of Obesity”, Appetite 57:3 (Diciembre 2011):711-717.
  8. Adrian Meule, “How Prevalent Is ‘Food Addiction’?” Frontiers in Psychiatry 2:61 (Noviembre 2011):1-3.
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  10. Linda S. Adair, “Child and Adolescent Obesity: Epidemiology and Developmental Perspectives,” Physiology & Behavior 94:1 (Abril 2008):8-17.
  11. Escala de Adicción a la Comida para Niños de Yale (YFAS-C): http://fastlab.psych.lsa.umich.edu/yale-food-addiction-scale/; Ashley N. Gearhardt et al., “Preliminary Validation of the Yale Food Addiction Scale for Children”, Eating Behaviors 14:4 (Diciembre 2013):508-512. doi: 10.1016/j.eatbeh.2013.07.002.
  12. American Psychiatric Association, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), 5ta. ed. (Madrid: Editorial Médica Panamericana, 2014).
  13. Denise E. Wilfley et al., “A Randomized Comparison of Group Cognitive Behavioral Therapy and Group Interpersonal Psychotherapy for the Treatment of Overweight Individuals With Binge-Eating Disorder”, Archives of General Psychiatry 59:8 (Agosto 2002):713-721.
  14. Meule, “How Prevalent Is ‘Food Addiction’?” op. cit.
  15. Stephanie E. Cassin y Kristin M. von Ranson, “Is Binge Eating Experienced as an Addiction?” Appetite 49:3 (Noviembre 2007):687-690.
  16. American Psychiatric Association, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, op. cit.
  17. Los resultados principalmente transversales son menos claros respecto del impacto de esos reglamentos sobre el peso; a pesar de ellos, los datos resultan prometedores. Para más información, lea Jamie F. Chriqui, M. Pickel y Mary Story, “Influence of School Competitive Food and Beverage Policies on Obesity, Consumption, and Availability: A Systematic Review”, JAMA Pediatrics 168:3 (Marzo 2014):279-286.
  18. Clea A. McNeely, James M. Nonnemaker y Robert W. Blum, “Promoting School Connectedness: Evidence from the National Longitudinal Study of Adolescent Health”, Journal of School Health 72:4 (Abril 2002):138-146; Michael D. Resnick et al., “Protecting Adolescents From Harm: Findings From the National Longitudinal Study on Adolescent Health”, JAMA 278:10 (Septiembre 1997):823-832.
  19. Jillian Croll et al., “Prevalence and Risk and Protective Factors Related to Disordered Eating Behaviors Among Adolescents: Relationship to Gender and Ethnicity”, Journal of Adolescent Health 31:2 (Agosto 2002):166-175.
  20. Cara M. Murphy, Monika K. Stojek y James MacKillop, “Interrelationships Among Impulsive Personality Traits, Food Addiction, and Body Mass Index”, Appetite 73 (Febrero 2014):45-50.
  21. La Asociación Estadounidense de Trastornos de la Alimentación: http://www.nationaleatingdisorders.org/
  22. Aleksandra Luszczynska y Roman Cieslak, “Mediated Effects of Social Support for Healthy Nutrition: Fruit and Vegetable Intake Across Eight Months After Myocardial Infarction”, Behavioral Medicine 35:1 (Febrero 2009):30-38; Abdul R. Shaikh et al., “Psychosocial Predictors of Fruit and Vegetable Consumption in Adults: A Review of the Literature”, American Journal of Preventive Medicine 34:6 (Junio 2008):535-543.
  23. Nora D. Volkow y Roy A. Wise, “How Can Drug Addiction Help Us Understand Obesity?” Nature Neuroscience 8:5 (Mayo 2005):555-560.
  24. Todd F. Heatherton y Roy F. Baumeister, “Binge Eating as Escape from Self-Awareness”, Psychological Bulletin 110:1 (Julio 1991):86-108.
  25. Wilfley et al., “A Randomized Comparison of Group Cognitive Behavioral Therapy and Group Interpersonal Psychotherapy”, op. cit.
  26. Gearhardt, White y Potenza, “Binge Eating Disorder and Food Addiction”, op. cit.
  27. Jill Anne Matusek y Roger M. Knudson, “Rethinking Recovery from Eating Disorders: Spiritual and Political Dimensions”, Qualitative Health Research 19:1 (Mayo 2009):697-707.
  28. 1 Corintios 10:31 (NVI). La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® NVI® Copyright © 1986, 1999, 2015 de Bíblica, Inc. Usada con autorización. Todos los derechos reservados.